La mujer samaritana Parte 2

Despertando sed por agua de vida (Juan 4:10–15).


10Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. 11La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 13Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.


Jesús sabía que la mujer era sensible y sincera. Cuando ella confiesa su necesidad, en forma inmediata Jesús le ofrece el agua de vida. Sin embargo, su orgullo de samaritana se resiente con la idea de que un judío pudiera producir agua donde el mismo Jacob había tenido que cavar un pozo. ¿Acaso ese judío imaginaba ser más grande que el patriarca?

Paulatinamente Jesús comienza a despertar en el alma de esta mujer pecadora, una tremenda sed por el agua de vida, el agua que llena y refresca el corazón. En ella entonces comienza a crecer una ansiedad para ver si era cierto que este hombre que aún no conocía y que estaba sentado junto al pozo (que aparentemente hablaba de agua física pero en realidad se refería al agua del alma), era un simple hombre o algo más que eso.

El tema del agua de vida cautivó el interés de esta mujer necesitada. Además, Jesús le habló utilizando terminología comprensible y aludiendo a situaciones con las que ella se identificaba.

De hecho, Jesús le estaba diciendo: “Mira mujer, cualquiera que bebiere del agua de este pozo volverá a tener sed. Todos los días tienes que venir a sacar el agua para luego beberla, y debes regresar día tras día en busca de más agua que sólo satisface la sed física.” Seguidamente Jesús pasa al tema de un agua diferente, ya no material sino espiritual. “Pídeme y te daré el agua de vida que tanto buscas en lugares equivocados.” Estaba hablando de perdón, y esta mujer estaba llena de culpa. Jesús ofrece satisfacer la sed de su conciencia: “Satisfaré la sed de tu corazón y perdonaré tus pecados.”

Hay una fuente interna que satisface la sed del corazón (Jn. 7:38). Es un agua que sacia lo que ni el dinero ni los placeres ni las drogas pueden satisfacer.




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